Blogia
mercadeando

Otra pelicula.. Transylvania

Otra pelicula.. Transylvania

VIAJE A TRANSILVANIA.. una tierra llena de oscuridad y pobreza..pero latiendo entre sus ruinas



Asia Argento, hija del cineasta Darío Argento, maestro del horror y la fantasía, tiene la furia de la culpabilidad italiana y la creatividad a flor de piel. Revelada en «New Rose Hotel» de Abel Ferrara y arrojada a la experimentación con deliciosa irresponsabilidad en la dirección de su propio filme «Scarlet Diva», la tatuada de 31 años que tiene dibujadas alas de pegaso en el vientre, vuelve a ser la protagonista de un excelente filme de Tony Gatliff, «Transilvania», filmado en paisajes rumanos, entre gitanos, músicos, bailarines y campesinos en fiesta y carnaval.
En el papel de Zingarina, Asia Argento recorre Transilvania en busca de un músico amado del que está embarazada y que la rechaza al encontrarlo entre el bullicio colorido y popular de los Balcanes. Loca, depresiva, delirante, agresiva, ebria, la protagonista se pierde en los laberintos de esa tierra exótica y pobre donde se cruzan paisajes modernos y viejos castillos, torres de centrales nucleares y ruinosas casas campesinas. Deja atrás a la amiga que la acompaña, representada por Amira Casar, y se arriesga sola a vivir el despecho, mientras poco a poco establece una relación compleja y explosiva con un alemán errante, especie de agente viajero que es un ebrio comprador y revendedor de baratijas, oro y objetos que busca puerta a puerta en casas miserables.
Pero esta historia no tendría el brillo alcanzado en esta excelente obra cinematográfica sin la mano maestra del director Tony Gatlif, quien no sólo es también el guionista sino el arreglista musical del vasto fresco musical de expresión gitana que alegra la vida en pueblos perdidos y campos helados. Desde el comienzo estamos frente a un creador apasionado y el ojo que va detrás de la cámara nos muestra todo desde ángulos originales que forman un tejido de imágenes inolvidables bajo el sol o en la inmensidad indefinible de la nieve esteparia. Gatlif es un detallista etnológico que abre las ventanas de la fiesta, capta disfraces, penetra en las casas humildes fijándose en los más mínimos instantes domésticos y recorre bares donde bellas danzarinas o cantantes gitanas cantan en un polvoriento rincón que huele a vodka y a sexo barato. A veces la cámara capta las imágenes a través del vidrio empantanado de un auto viejo o zigzaguea entre la caótica procesión de la feria de disfraces.
La película, que fue selección oficial fuera de concurso del Festival de Cannes 2006, destaca también la Torre de Babel europea, o sea la convivencia permanente de varias lenguas, como el rom gitano, el rumano, el inglés, el alemán, el italiano en que se expresan todos, algo que el director quería subrayar: toda la gente está herida por la pobreza, la guerra y la desesperanza, pero encuentra la salvación en esa fiesta permanente y en el derroche de lo poco que hay en las mesas o en las barras de los bares perdidos, donde todo es pretexto para la orgía musical, etílica y lingüística. La deriva de Zingarina en su embarazo desesperanzado es un remolino que aspira con violencia y nos conduce a un bautizo-exorcismo entre sacerdotes ortodoxos, a la convivencia con una niña abandonada que es tan fuerte y libre como los adultos y a la errancia en un automóvil destartalado donde se teje un amor entre dos perdidos en busca de identidad.
En la buena tradición de los «road movies» nos quedan las imágenes de los músicos errantes de provincia con sus violines, acordeones y bajos y las voces desentonadas por el alcohol y la miseria, o las apariciones del oso hambriento, el topo perdido, los cuervos voladores, o la nieve total que hace imperceptible la carretera. Y al final, entre esa nieve de las estepas nace el niño de Zingarina con la ayuda de parteras ancestrales con rostros de bruja que cortan el cordón umbilical con un mísero cuchillo.
No hay película mala en esta diva rebelde surgida de la Italia católica que produjo los excesos maravillosos de Federico Fellini, Pier Paolo Pasolini y Michelangelo Antonioni, entre otros muchos nombres de la cinematografía del siglo XX. Es una constante del espíritu italiano el desborde creativo aguzado por la culpabilidad: se ve en las grandes obras pictóricas desde Giotto hasta los grandes del Renacimiento y en la ficción y la dramaturgia desde Dante y Bocaccio hasta Pirandello y Dario Fo.
Ella, como actriz y directora, como figura pública del subterráneo cultural europeo e ícono de cierto margen artístico anticonvencional, puede participar o crear obras imperfectas, puede fracasar como ocurrió en su «Scarlet Diva», de la que se arrepiente, pero en la huella queda la alegría de osar y jugar. La niña terrible vive la culpa italiana y la necesidad de disfrazarse con una máscara de hierro que sólo oculta la fragilidad del rebelde, del artista que está más cerca del santo que del monstruo y llora desconsolado como Drácula en el castillo de Transilvania, condenado a huir de la luz que añora.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres