Blogia
mercadeando

Catalina y Rusia..

Catalina y Rusia..

 

Todos los ciclos històricos se repiten, en este momento, Rusia ha recuperado una parte del poderìo que tuvo en el pasado, gracias al gobierno de Putin, el nombre del paìs màs extenso de la tierra ha vuelto a situarse en las primeras páginas, en esta ocasión, adicionalmente ayudado por los altos precios del petróleo, ya que actualmente Rusia es el primer productor mundial de crudo. Los gobernantes rusos siempre han concentrado gran poder, poderes ilimitados que la mayor parte del mundo occidental no entiende, siempre ha visto a los dirigentes rusos como dictadores..desde la època de los zares, restricciones y libertades de los ciudadanos han sido sacrificadas por el desarrollo econòmico de este extenso país.. aunque hoy en día, los niveles de pobreza siguen siendo bastante elevados... sin embargo, hay que reconocer que un gran porcentaje del pueblo ruso ha sido bastante culto, y algunos de sus gobernantes han hecho grandes esfuerzos por tratar de cortar la brecha cultural, en esta ocasiòn, quiero destacar a una mujer que se adelantò a su tiempo..

 

Catalina II de Rusia

Federico Ortíz-Moreno *

 

Emperatriz de Rusia. Gran mujer de cuna germánica que diera al imperio ruso un gran poderío.
Personaje importante de la historia que causara gran revuelo entre el pueblo europeo. Mujer
estadista y revolucionaria que dejara su huella en la historia: Catalina II de Rusia
.

 

La mujer en la historia

Para bien o para mal el papel de la mujer en el transcurrir del tiempo y de la historia siempre ha sido relevante. Su muy peculiar forma de ser: su benevolencia, su entrega, su amor, su misterio, su intriga y hasta su deshonestidad han sido factores importantes en la determinación de muchos eventos históricos.

Heroínas o villanas, mártires o asesinas, reinas o simples princesas o campesinas, damas de hierro o alegres concubinas, son las mujeres las que de una manera u otra establecen muchos de hitos y de las marcas importantes de la historia. Algunas mujeres serán recordadas por su fe, nobleza y entrega, otras más por su entreguismo e inusitado deseo de poder y de dominio.

Las mujeres siempre han sido piezas fundamentales en la historia de nuestro mundo convertido en leyenda. Han sido las artífices de guerras y pugnas entre países. Los designios del hombre (aquellos que se creen importantes, o que han sido importantes), han estado casi siempre supeditados a los placeres y mandatos de una mujer.

 

El poder por el poder

Siempre ha sido interesante (al menos para mí), el conocer un poco más acerca de la formación de los Estados europeos. El darse cuenta del "teje y maneje" entre las familias reales, las intrigas entre las casas de la nobleza; el estar un poco más de cerca de ellos para conocer sus motivaciones y deseos de poder, es algo que siempre me ha llamado la atención.

No vaya a creer que esto ha cambiado mucho. Simplemente vea esto, aquí en Monterrey, y se dará cuenta que la vida sigue igual. Grandes familias, a pesar de apellidos muy comunes se unen para acrecentar sus fortunas. No importa que sean parientes, no importa que sean hermanos, medios hermanos o primos. Lo que importa es el poder. Un poder que corrompe, un poder que destruye.

 

Las familias europeas

La historia da cuenta de que muchos de los grandes imperios han sido producto de casamientos o matrimonios hechos en las mesas familiares para que en un futuro ambos contrayentes se desposen, aunque más adelante cada quien tenga sus amoríos, sus propios placeres, sus propios seguidores y su propia idiosincrasia.

A menudo estos matrimonios continuarán, en un principio, por conveniencia. Más adelante, éstos fracasarán, se romperán y cada quien irá a lo suyo. Se promoverán pleitos, surgirán guerras, se producirán muertes, asesinatos, ahorcamientos, se llevará gente al cadalso, a la guillotina... Todo cual si fuera un espectáculo común y de todos los días. Algo que por lo visto no causa pánico, sino todo lo contrario: placer e indiferencia.

 

El Estado ruso

Rusia ha sido siempre uno de los Estados más importantes del mundo. Su aparición dentro del ambiente político europeo data del reinado Pedro I. Un país, casi hermético, vio en ésta época un signo de apertura y europeización. Las reformas e intentos de cambio produjeron trastornos en aquél país que, a la muerte de su soberano, vieron pasar a seis soberanos más (tres zares y tres zarinas); algunos, con sentido de cambio europeísta innovador, los demás con sentido tradicionalista.

A Catalina I, segunda esposa de Pedro el Grande, le sucede Pedro II, nieto del gran zar. Continúa luego Ana Ivanova e Iván VI. Vienen otros cambios y una revolución dirigida por Isabel, hija de la segunda mujer de Pedro el Grande, arrebata el trono: se lo da a un sobrino suyo, el alemán Pedro de Holstein-Gottorp, hijo de Ana Petrovna, hermana suya.

Siguen las "complicaciones", o los "teje-manejes" de Isabel y decide que una vez designado gran duque y heredero a la Corona, a Pedro, habrá ahora que procurarle y conseguirle esposa. Deberá ser alguien muy especial, ni comprometida con unos, ni comprometida con otros, alguien que no atrajera la atención ni fuese detonante dentro de las complicadas redes diplomáticas y monárquicas del momento. La elegida es Sofía, más tarde Catalina II.

 

Catalina II de Rusia

Catalina fue la esposa. Su nombre completo y verdadero era Sofía Augusta Federica de Anhalt-Zerbst, conocida después como Catalina II de Rusia. Nacida en Stettin, ciudad de Polonia, a orillas del Oder. En polaco, el nombre es Szcecin, ahora un importante puerto comercial e industrial, centro astillero dedicado a la construcción de buques y barcos.

Catalina era una princesa alemana, hija de Cristian Augusto de Anhalt-Zerbst y Juana Isabel. Sus padres, cosas de la vida, habían visto con disgusto el nacimiento de Sofía (Catalina), pues deseaban un varón. Nacida en el año de 1729, Catalina recibiría una educación con la que no podía aspirar mas que a un mediocre matrimonio.

Habría muchos príncipes en la ya muy fraccionada Alemania, pero ninguno de ellos con la debida importancia que en su casa hubieran querido o deseado. No habría más remedio que esperar al mejor postor y éste pronto llegaría. Este sería Pedro de Holstein (luego Pedro III). Catalina se convertiría primero en gran duquesa, luego en zarina del gran imperio.

 

Catalina: sus primeros años

Los primeros años de Sofía, la futura Catalina, pasaron apaciblemente en las fincas y posesiones de su padre. Algunas veces en casa; otras, viajando en carruajes por los estados alemanes. A la niña le gustaba esto. Gozaba del campo, de los caballos tirando la carroza. Gustaba ver al cochero dominando con las riendas y el látigo a esos animales que raudos y veloces la transportarían al lugar de sus sueños.

La vida cortesana atraía a la pequeña Sofía, quien ya desde entonces, cuando entre su familia se hablaba de la posibilidad de colocarla en matrimonio, demostró tener una ambición superior a la que le permitía su estado y su misma edad. Ella quería algo bueno, no simples bagatelas, bufones o arlequines.

No tenía doce años todavía cuando se habló de casarla con su tío Jorge Luis de Holstein-Gottorp, que estaba muy enamorado de ella. Y es posible que el proyecto se hubiera realizado si, en 1744, no hubiese llegado al palacio de los Anhalt (apellido de su familia) una misteriosa carta procedente de Rusia.

 

Los planes del casorio

Sin saber de qué se trataba, la familia abre el sobre y leen la misteriosa carta en que por orden de la emperatriz el gran duque les invitaba a visitar la corte de San Petersburgo. La carta dejaba notar las claras insinuaciones matrimoniales entre él (el gran duque) y la princesa Sofía.

Los príncipes alemanes dispusieron prontamente el viaje y, a pesar de que trataron de hacerlo con el mayor de los sigilos, ya la gente, a su llegada a Rusia estaba enterada de todo. Grandes comitivas se abrían paso a las puertas de la ciudad para aclamar a la princesa. A primeros de febrero de 1744 (hace más de 240 años) Sofía y su familia eran recibidas por la zarina en el palacio de Annenhof, entonces ocupado por la familia imperial.

 

Los primeros pasos en la corte

Los primeros pasos en la corte rusa no fueron fáciles para Sofía. Por una parte la emperatriz estaba recelosa de ella, por la otra, su madre, indiscreta y vanidosa, era más un obstáculo que un apoyo. Por otro lado, su prometido, Pedro, se mostraba muy poco interesado en su futura esposa. Además había todo un enjambre de servidores y lacayos que pululaban por todas partes. Algunos espías, otros ladrones, algunos más propensos a intrigas y rumores, la vida de la futura Catalina nadaba en la incertidumbre.

Luego, para mayor desgracia, una penosa enfermedad aquejó a la princesa alemana durante varias semanas. Pero se repuso, y todas estas dificultades se fueron solventando gracias a la inteligencia, madurez, discreción, temple y buen tacto de la joven Sofía. Así, frente a la actitud cerrada del gran duque alemán (Pedro III de Rusia), Sofía se entregó plenamente a su país adoptivo.

Catalina emprendió el estudio de la lengua rusa, aprendiendo de memoria los cuadernos que su maestro le dejaba. Sofía no simplemente sabía decir "spasíba" (gracias, en ruso), sino que en verdad podía sostener una conversación de altura en el idioma de los zares. Adoptó con gusto la tutela espiritual de un sacerdote ruso y abrazó sin titubeos la religión ortodoxa.

 

La inteligencia de Catalina

Catalina fue una mujer inteligente. Decidida a granjearse plenamente la confianza de su prometido, luchó por ello y lo consiguió. Trataba a todo el mundo lo mejor que podía, y estudiaba la manera de ganarse la amistad de quienes sospechaban de ella. En un mundo de intrigas y dobleces, no daba muestras de inclinarse a ningún lado. No se metía en nada, no se metía con nadie. Si alguien hablaba mal de alguna otra persona, ella simplemente callaba. Ni afirmaba, ni confirmaba, tampoco negaba. Adoptaba una actitud serena, llena de deferencias, respeto y atenciones para todos.

 

La boda

Y llegó el día en que Sofía, la futura Catalina, se convirtiera en mujer. Después de un año y medio de estancia en Rusia llegaba por fin el día de su boda. La pequeña Sofía -desde ahora llamada Catalina- sabía muy bien de los riesgos que corría al intentar arraigarse en un país tan agitado como Rusia, al lado de un esposo como Pedro.

La verdad es que Catalina tenía sus dudas sobre Pedro. "Vi con claridad que se hubiese separado de mí sin el menor sentimiento" - escribe en sus Memorias. Conocía el corazón de Pedro, ambos eran alemanes. Las cosas fueron sucediendo. Luego, todo iría cayendo por su propio peso. Ciertas cosas ya no se levantarían y esto traería sus consecuencias.

 

Los problemas de los recién casados

Los temores de Catalina fueron acrecentándose cada vez más. La zozobra y miedo crecía a medida que se acercaba el día de su boda. "Me sentía triste y con frecuencia lloraba sin saber por qué". Y vino lo peor. Cuando ella creía que iba a ser feliz, sufrió una decepción. Cuando aún duraban las fiestas nupciales en la corte, se dio perfecta cuenta de quién era su marido: demasiado joven en el momento del matrimonio -él era un año más joven que ella; él 15, ella 16-, Catalina cuenta que a Pedro le faltó decisión sexual para consumarlo. Por ningún lado apareció lo que ella quería, lo que ella ya deseaba en su fuero y corazón interno.

Y, tampoco más allá de la intimidad, la vida de Pedro ofrecía ninguna satisfacción a la joven Catalina. El gran duque no se ocupaba de ella, sino que, llevado por su infantilismo, se la pasaba todo el día con sus lacayos jugando a los soldados y soldaditos. Él daba instrucciones a sus súbditos, ellos le obedecían. Gustaba cambiarse de uniforme hasta veinte veces al día.

Ella, por su parte, bostezaba, abría la boca como esperando algo y nada recibía. Se aburría sin tener con quien hablar. Para colmo de males, Pedro quería encubrir su complejo de timidez sexual ante Catalina contándole sus quiméricos avances con las doncellas de la corte. Ella sabía que no era cierto, pero le dolía.

Catalina sufre y no quiere entender nada de ello. Ardiente, con la normalidad sexual de una muchacha de dieciséis años, Catalina se siente humillada por la actitud de Pedro. Y, fracasado el primer contacto, el abismo no hace mas que ahondarse. Ella quería, o al menos esperaba hallar a un hombre y no encuentra mas que a un niño.

 

Las Memorias de Catalina

Catalina escribió mucho sobre su esposo. En sus Memorias escritas a su hijo Pablo y para su nieto Alejandro nuestro personaje femenino describe diversos episodios en que aparece un Pedro poco menos que loco. Esto no era hecho para justificar ante sus hijos el motivo por el que más tarde promovería la revolución en Rusia contra su propio esposo.

Se dice y se cree que la mayoría de los hechos que narra Catalina son verosímiles y probablemente ciertos. Refiere ella que el gran duque pasaba la mayor arte del tiempo en sus habitaciones, donde un ucraniano que tenía por ayuda de cámara, tan necio como borracho, le divertía como podía, procurándole todo tipo de juguetes, vino y licores fuertes en abundancia.

Eran tantos los bacanales, las extravagancias y los infantilismos del tal Pedro que Catalina se imaginaba eso y algo peor. Llegaba el día en que con frecuencia Pedro era desobedecido, era mal servido y hasta se burlaban de él. Siempre se pensó que hasta podía haber sus muy raras preferencias, una vez que estando borracho, pudiera haberse ofrecido y pervertirse con sus bufones, lacayos y subalternos.

 

La inteligencia, los ideales y la otra cara de Catalina

Lo cierto es que la vida de Catalina se habría hecho imposible si no fuese porque tenía un espíritu claro y despierto de gran inteligencia. Aficionada a la lectura -afición que tenía desde hace años- la gran duquesa había tenido la oportunidad de allegarse buenas lecturas, tanto literarias como de carácter filosófico. Había entablado correspondencia con Voltaire, mostrándose entusiasta partidaria de los ideales renovadores.

En otro aspecto de su vida, Catalina era una excelente jinete. Ella misma refiere cómo durante las estancias de la corte en las residencias campestre pasaba días enteros vistiendo el traje típico de montar. Con ello no vaya a creerse que Catalina haya sido una mujer hombruna. Ella era toda una mujer con verdaderos encantos femeninos.

Aunque de carácter fuerte y de recia voluntad, sus exquisiteces femeninas siempre saltaban a la vista. Apreciaba la galantería de sus cortesanos y era muy sensible a la elegancia en el vestir. Le gustaba apasionadamente el baile y no perdía la oportunidad para demostrarlo. Siempre ganaba el aplauso de la concurrencia y ésto, a ella, le halagaba. Cambiaba mínimo tres veces de vestido durante una ceremonia y jamás volvía a repetir. Una mujer cuyos ideales, aunados a su conducta, fueron haciéndose más sensibles a los halagos de sus cortesanos.

Así, viendo el poco caso que le hacía su esposo, Catalina fue cediendo paso a los piropos e insinuaciones de los hombres de su corte. Si al iniciar su estancia en Rusia se manifestó inclinada a los requiebros del noble Tchernichev, gentilhombre del gran duque, desde 1751 (tenía ella 22 años), mostró sus preferencias y "algo más" hacia Sergio Saltikov, chambelán de la emperatriz, hombre seductor e intrigante, que hiciera las delicias de la efusiva y ardiente Catalina.

 

Los amores de Catalina

Ella 22, él 26, ambos estaban hechos el uno para el otro. Ella con visión y con pasión, él con intrigas y falta de principios. Ambos con inteligencia para saber hacer lo suyo y sacar y obtener provecho. Una relación que comenzara como una simple amistad y se convirtiera más tarde en un tórrido y ardoroso amor pasional.

Se sabía, en efecto, que preocupada la emperatriz Isabel por la falta de descendencia de los herederos de la Corona, ella misma propició y dio su visto bueno a los amoríos entre Catalina y Sergio. ¡Qué más importaba que el hijo fuera o no de Pedro! ¡Qué más importaba que fuese de uno o del otro! (De Pedro o de Sergio). Lo más seguro es que Pedro ni se daría cuenta de esto.

 

Los arreglos y componendas

Así, consciente la emperatriz Isabel que Catalina no tendría ya jamás descendencia, hace insinuar a la gran duquesa que frente a la regla de fidelidad conyugal, "había algunas veces situaciones de interés superior, que debían ser una excepción a la regla"; es decir que, por razones de Estado se le exigía a Catalina que diese un heredero a la Corona, y de una manera más o menos explícita se le dejaba en la libertad de escoger en la persona de Saltikov el medio necesario para conseguirlo. Pedro III (o Pedro "el babas"), como le decían -por eso de su infantilismo-, ni siquiera se daría cuenta.

Así fue engendrado Pablo, el futuro emperador de todas las Rusias, nacido un 20 de septiembre de 1754, cuando ella tenía 25 años. Cabe aclarar que la ciudad se llenó de júbilo, la noticia causó un inmenso e indescriptible revuelo, llevando alegría a todos los hogares. Y como es de suceder, Pedro creyó que el hijo era suyo, aunque pronto descubriría la verdad.

 

Los amores y los deseos de poder

Luego de estos hechos, Sergio Saltikov es alejado de la corte (esto, a fin de evitar sospechas). Es entonces, después, cuando Catalina ya no podía vivir sin un amante en turno. Una larga sucesión de nombres va pasando por la lista y las satinadas sábanas de la duquesa.

Primeramente el conde Poniatovski, padre de una hija de Catalina; Gregorio Orlov, de quien Catalina concibiera un hijo; y Gregorio Potemkin, ministro de la zarina, ya casi sexagenaria. Habría luego otros nombres, otras tantas personas entregadas a sus caprichos y sus más descabelladas fantasías y deseos sexuales, que la convertían en casi toda una ninfómana.

Pero el sexo no era lo principal que a ella le atraía. Ansiaba también el poder. Su marido le era indiferente; pero la Corona de Rusia, no. Y la oportunidad se le presentó. A la muerte de la emperatriz Isabel, en Navidad del año 1761, la subida al trono del gran duque con el nombre de Pedro III se hizo sin dificultad alguna, cosa que a muchos no parece.

Comienza su reinado. Las locuras del nuevo monarca van en aumento. Sus excentricidades ya nadie las tolera. Su pasión por Prusia –nación con la que Rusia está en guerra- le lleva a firmar una paz humillante con Federico II, en un momento en que éste se encontraba al borde de la derrota. Al saber esto los rusos reciben la noticia con estupor. Pensar de tanto esfuerzo que habían hecho para abatir el poderío de los prusianos para que un demente viniera y les volteara el papel.

 

El golpe de Catalina

Las desavenencias entre Pedro y Catalina continúan. Pedro ya no la trata con frialdad, sino con desprecio y de una manera insultante. El zar intenta recluir a su esposa en un convento, la humilla ante sus cortesanos, la insulta y se mofa de ella. Catalina simplemente espera. Sabe su de su estúpido temperamento germanófilo y sabe que el que ríe al último, ríe mejor. Prepara un golpe y lo asesta.

El golpe de Estado de Catalina sorprende a su esposo durante una de sus habituales borracheras. Entre amenazas e insultos intenta reaccionar. Cuando se da cuenta de que la situación es grave para él, propone a Catalina el gobierno conjunto del país; luego, cuando lo ve ya todo perdido, pide que le permita abandonar Rusia y residir en sus estados patrimoniales de Holstein.

Catalina no accede a nada de ello y se queda con todo. A Pedro le manda encarcelar en una fortaleza, donde pocos días después aparece estrangulado por un exceso de celo de su guardián, Alejandro Orlov. Luego, se le acusa a Catalina de haber instigado el crimen, pero en realidad nunca hubo prueba de ello. Todo queda en rumores, todo queda en la simple y no comprobada duda.

 

El reinado de Catalina

Comienza así el reinado de Catalina II de Rusia. Esa inocente princesita alemana, que habiendo llegado a Rusia a los quince años ve cumplidos a los treinta y tres sus más caros deseos. Llena de poder, Catalina, no obstante, pasa momentos difíciles. Pero su extraordinaria inteligencia le hace saber contentar a todos. Su don de mando, su firmeza, a la vez que la debida suavidad, le hace bajar la guardia a los demás y ponerlos a sus pies.

Vendría luego el aspecto de la expansión de su imperio, donde se apodera y toma parte de lo que hoy antes era Alemania, Rumania, Checoslovaquia, Austria, Turquía y, sobre todo, repartiéndose Polonia. Teniendo a antiguos contactos como Voltaire y Rousseau se mostró implacable contra los republicanos franceses. Hubiera incluso llegado hasta la misma Francia, a no ser de que 16 de septiembre dejaría de latir su corazón. De este modo habría dejado de existir una de las mujeres más poderosas e importantes de todos los tiempos: Catalina la Grande, Catalina II de Rusia.

 

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres